…” UN HOMBRE NO ES SOLO MEMORIA”…

AUTORES: Del Favero, Verónica.
Silvero, María Florencia.
” El médico (…) se ocupa… de un solo organismo, el sujeto humano, que lucha por mantener su identidad en circunstacias adversas.”
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El síndrome de Korsakoff (psicosis de Korsakoff, síndrome amnésico-confabulación) es una consecuencia de la encefalopatía de Wernicke, si bien un episodio de Wernicke no está siempre presente.
La causa más frecuente es el alcoholismo crónico; otra causa (raramente) puede ser una grave malnutrición: se origina por la falta de la vitamina b1.
Cuando la encefalopatía de Wernicke se acompaña del síndrome de Korsakoff, la combinación de ambos es llamada síndrome de Wernicke-Korsakoff.
Patológicamente, hay una pérdida neuronal, gliosis y hemorragia en los cuerpos mamilares.


Jimmie era un hombre de buen aspecto. Era alegre, cordial, afable.
—¡Hola, doctor! —dijo—. ¡Estupenda mañana! ¿Puedo sentarme en
esta silla?
Era una persona simpática, muy dispuesta a hablar y a contestar
cualquier pregunta que le hiciesen.
Habló de toda su historia de vida con lujos de detalles. Recordando hasta nombres de personas que habían compartido tiempo con el, hablo también de sus capacidades.
Una primera parte de la vida plena e interesante, recordada con
viveza, con detalle, con cariño. Pero sus recuerdos, por alguna razón, se
paraban ahí.
Al recordar, al revivir, Jimmie se mostraba lleno de entusiasmo; no
parecía hablar del pasado sino del presente, y a mí me sorprendió
mucho el cambio de tiempo verbal en sus recuerdos cuando pasó de
sus días escolares a su período en la Marina.
Se apoderó de mí una sospecha súbita, improbable.
—¿En qué año estamos, señor G. ? —pregunté, ocultando mi
perplejidad con una actitud despreocupada.
—En cuál vamos a estar, en el cuarenta y cinco. ¿Por qué me lo
pregunta? —Luego continuó—: Hemos ganado la guerra, Roosevelt ha
muerto, Truman está al timón. Nos aguarda un gran futuro.
—Y usted, Jimmie ¿qué edad tiene?
Su actitud era extraña, insegura, vaciló un instante. Parecía estar
haciendo cálculos.
—Bueno, creo que diecinueve, doctor. Los próximos que cumpla
serán veinte.
—dije—. Le contaré una historia. Un individuo fue a ver a
su médico quejándose de que tenía fallos de memoria. El médico le hizo
unas cuantas preguntas de rutina y luego le dijo: «Y esos fallos de la
memoria, ¿qué me dice de ellos?» «¿Qué fallos?», contestó el paciente.
—Así que ése es mi problema —dijo Jimmie, echándose a reír—. Ya
me parecía a mí. A veces se me olvidan cosas, de vez en cuando… cosas
que acaban de pasar. Sin embargo el pasado lo recuerdo claramente
Era de ingenio vivo, observador, de mentalidad lógica y no tenía dificultades para resolver rompecabezas y problemas complejos… no tenía dificultades,
claro está, si se podían hacer de prisa. Si exigían mucho tiempo, se
olvidaba de lo que estaba haciendo. Era rápido y bueno al tres en raya;
a las damas, astuto y agresivo: me ganó fácilmente. Pero con el ajedrez
se perdía… los movimientos eran demasiado lentos.
Al examinar su memoria me encontré con una pérdida extrema y
sorprendente del recuerdo reciente, hasta el punto de que cualquier
cosa que se le dijese o se le mostrase se le olvidaba al cabo de unos
segundos. Por ejemplo, me quité el reloj, la corbata y las gafas, los puse
en la mesa, los tapé y le pedí que recordase cada uno de estos objetos.
Luego, después de un minuto de charla, le pregunté qué era lo que
había tapado. No recordaba ninguno de los tres objetos… en realidad no
se acordaba de que yo le hubiese pedido que recordase. Repetí la
prueba, en esta ocasión haciéndole anotar los nombres de los tres
objetos; se olvidó de nuevo y cuando le enseñé el papel con lo que había
escrito él mismo se quedó asombrado y dijo que no recordaba haber
escrito nada, aunque reconoció que aquélla era su letra y luego captó
un vago «eco» del hecho de que lo había escrito.
Al parecer no era que no lograse registrar los datos en la memoria
sino que las huellas de la memoria eran sumamente fugaces y podían
borrarse al cabo de un minuto, menos con frecuencia, sobre todo si
concurrían estímulos que compitiesen o que lo distrajesen, mientras
que sus facultades intelectuales y perceptivas se mantenían y tenían
un nivel bastante elevado.
«Esto, más que ninguna otra cosa», escribí en
mis notas, «me convence de que su corte memorístico hacia 1945 es
auténtico… Lo que le mostré, y le dije, le produjo el asombro sincero
que le habría producido a un joven inteligente de la época anterior al
Sputnik».
«Está, digamos», … , «aislado en un momento
solitario del yo, con un foso o laguna de olvido alrededor… Es un
hombre sin pasado (ni futuro), atrapado en un instante sin sentido que
cambia sin cesar». «El resto del examen
neurológico es completamente normal. Impresión: probable síndrome de
Korsakov, debido a degeneración alcohólica de los cuerpos mamilares».
«Bastaría conectar»… pero ¿cómo podía conectar él, y cómo podíamos
ayudarle nosotros a hacerlo? «Me atrevo a afirmar», escribió Hume, «que
no somos más que un amasijo o colección de sensaciones diversas, que
se suceden unas a otras con una rapidez inconcebible y que se hallan
en un movimiento y en un flujo perennes». En cierto modo él había
quedado reducido a un yo «humeano»…
Le hicimos varias pruebas (electroencefalograma, exploraciones
cerebrales), y no hallamos el menor rastro de lesión cerebral de gran
envergadura, aunque las pruebas realizadas no pudiesen revelar una
atrofia de los pequeños cuerpos mamilares. Recibimos informes de la
Marina que indicaban que había permanecido en el cuerpo hasta 1965,
y que era por entonces plenamente competente.
Luego recibimos un breve y desagradable informe del Bellevue
Hospital, fechado en 1971, que decía que el paciente se hallaba
«totalmente desorientado… con un síndrome cerebral orgánico
avanzado, debido al alcohol» (se le había diagnosticado por entonces
cirrosis). De Bellevue lo enviaron a una pocilga asquerosa del Village,
un supuesto «hospital particular» del que lo rescató en 1975 nuestra
Residencia, sucio y muerto de hambre.
Localizamos a su hermano, del que Jimmie decía siempre que estaba
en la escuela de contabilidad y comprometido con una chica de Oregón.
Habíamos albergado la esperanza de que su hermano aportase
mucha información y apoyo emotivo, pero recibimos una carta suya
que, aunque cortés, era bastante parca. Se veía claramente leyéndola
(sobre todo leyendo entre líneas) que los hermanos no se habían visto
apenas desde 1943, y habían seguido caminos distintos, en parte por
vicisitudes de ubicación y profesión y en parte por diferencias
profundas (aunque no distanciadoras) de carácter. Al parecer Jimmie
nunca había «sentado la cabeza», era «un viva la Virgen» y «no dejaba de
beber». En opinión de su hermano la Marina le proporcionaba un
marco, una vida, y los problemas empezaron cuando la abandonó, en
1965. Sin su anclaje y su marco habituales Jimmie había dejado de
trabajar, se había «desmoronado» y había empezado a beber en exceso.
Había sufrido luego cierto trastorno de la memoria, del tipo Korsakov, a
mediados y sobre todo a finales de la década de los sesenta, aunque no
tan grave no pudiese «arreglárselas» a su manera despreocupada. Pero
el consumo de alcohol aumentó aun más en 1970.
Fue entonces cuando lo ingresaron en Bellevue. La agitación y el delirio
desaparecieron al cabo de un mes, pero le quedaron profundas y
extrañas lagunas en la memoria, o «déficits», utilizando la jerga médica.
«Pienso cada vez más», escribí por entonces, «en la posibilidad de que
haya un elemento de amnesia histérica o de fuga, de que esté huyendo
de algo que le parezca tan horrible que no se sienta capaz de
recordarlo», y propuse que lo reconociese nuestra psiquiatra. El informe
de ésta fue exhaustivo y detallado; (el doctor M. Homonoff, que
trabajó en el pabellón de amnesia del Hospital de Veteranos de Boston,
me explica experiencias similares, y me comunica que cree que esto es
absolutamente característico de pacientes con síndrome de Korsakov, a
diferencia de lo que sucede con pacientes de amnesia histérica. )
«No tengo sensación o prueba alguna», escribió la psiquiatra, «de
déficit histérico o “simulado”. El paciente carece de medios y de motivos
para fingir. Los déficits de conducta son orgánicos, permanentes e
incorregibles, aunque resulte asombroso que se remonten tan atrás».
La amnesia de Jimmie había borrado, por la razón que fuese, el tiempo y el recuerdo, hasta 1945 (más o menos) y luego se había parado. Pero su punto
de ruptura se hallaba situado, a todos los efectos prácticos, a mediados
(o finales) de los años cuarenta, y todo lo recuperado posteriormente era
fragmentario, inconexo. Esto era lo que le pasaba en 1975, y lo que le
sigue pasando hoy, nueve años después.
El doctor llegó a la conclusion que el paciente tenia síndrome de Korsakov gravísimo, devastador. Jimmi es incapaz de recordar cosas aisladas mas de unos segundos y tiene una profunda amnesia que se remonta hasta 1925.Pero humana y espiritualmente es a veces un hombre completamente
distinto, no se siente ya agitado, inquieto, aburrido, perdido, se muestra
profundamente atento a la belleza y al alma del mundo, sensible a
todas las categorías kierkegaardianas… y estéticas, a lo moral, lo
religioso, lo dramático. La primera vez que le vi me pregunté si no
estaría condenado a una especie de espuma «humeana», una agitación
carente de sentido sobre la superficie de la vida, y si habría algún medio
de trascender la incoherencia de su enfermedad humeana. La ciencia
empírica me decía que no… pero la ciencia empírica, el empirismo, no
tiene en cuenta al alma, no tiene en cuenta lo que constituye y
determina el yo personal. Quizás haya aquí una enseñanza filosófica
además de una enseñanza clínica: que en el síndrome de Korsakov o en
la demencia o en otras catástrofes similares, por muy grandes que sean
la lesión orgánica y la disolución «humeana», persiste la posibilidad sin
merma de reintegración por el arte, por la comunión, por la posibilidad
de estimular el espíritu humano: Y éste puede mantenerse en lo que
parece, en principio, un estado de devastación neurológica sin
esperanza.Ver imagen

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